EL REFLEJO

Como tantas veces, ayer fui caminando por la orilla del mar hasta una roca a la que me gusta ir cada día. Subí a ella y me acerqué al borde para mirar hacia abajo; el agua parecía un espejo y me vi reflejado en la superficie.  
Estuve observándome durante un buen rato y pensé que esa es la imagen del caparazón donde se cobijan todas mis ambiciones, que a veces consisten en un pequeño deseo y otras en un gran anhelo. Este es un sentimiento inherente a la condición humana, y yo, como humano que soy, todo lo hago en pos de conseguir aquello que me interesa, a veces sin importarme si perjudico a alguien.  «Esto es lo de menos, porque cada uno debe preocuparse por sus cosas», es lo que suelo pensar cuando quiero conseguir algo a toda costa.
En ese momento empezaron a aparecer reflejadas en el agua las imágenes de algunas personas que, probablemente movidas por la curiosidad al verme allí, se acercaron al borde de la roca para mirar lo que observaba con tanta atención. Cuando las vi, levanté la cabeza y me dije: «¿Estarán pensando todos estos lo mismo que yo, al ver su propia imagen ahí abajo?».
No sé por qué, pero fue entonces cuando me di cuenta de que no soy el centro del mundo, y de que cada uno de esos reflejos que iban apareciendo es también el caparazón de otros sentimientos, quizá similares a los que siempre navegan por mi cabeza. Bajé de nuevo la mirada y recapacité: «Todas estas personas que veo en ese líquido espejo, guardan una historia cargada de pequeños deseos o grandes anhelos que, como los míos, pueden ser respetables y merecen consideración.