Recuerdo cuando, de pequeño, mis padres me llevaban de vez en cuando “al médico”, como se suele decir, para cumplir con un trámite tan necesario como temido, porque suponía recibir un pinchazo: ponerme las vacunas contra la viruela, el sarampión, etc.
Esa actividad rutinaria se la debemos a un médico británico llamado Edward Jenner (1749-1823), quien, basándose en informes y pruebas de otros compañeros de profesión, que aseguraban que las personas infectadas con la viruela bovina quedaban inmunes a este virus en lo sucesivo, decidió investigar sobre ello. Observó que un alto porcentaje de mujeres que se dedicaban a ordeñar vacas no contraían la viruela en su forma más dañina, a pesar de que la mayoría de ellas, por su trabajo, se contagiaban. Convencido de que ese contagio más “benévolo” las inmunizaba, se valió de una de estas mujeres para extraerle líquido de unas llagas con pus y se las inoculó a un niño de ocho años.

Repitió este proceso durante varios días y, a pesar de que el chico sentía malestar, no llegó a contraer la enfermedad. Esto le sirvió para comprobar la eficacia de su método y aplicarlo en la medicina: El hecho de que la inoculación fuera de viruela de vaca dio nombre a esa práctica que hoy todos conocemos como: vacuna.
Las vacunas han salvado millones de vidas y erradicado enfermedades de las que solo hemos oído hablar como algo que pertenece al pasado.
Hoy en día, esta palabra vuelve a cobrar protagonismo y tenemos la esperanza puesta en que el descubrimiento del doctor Jenner pueda, una vez más, ser eficaz contra este nuevo virus que nos ha cogido por sorpresa y que azota al mundo entero.
Esperemos que pronto llegue a todos.
Un abrazo, y cuidaos mientras tanto.

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